Hace muchos años, existía una ciudad en una isla perdida del Pacífico Sur. Sus habitantes eran de color verde y medían un metro y veinte centímetros, todos iguales.
Todos menos uno, que era azul celeste y medía dos metros. Vivía en un
castillo rodeado de un foso que estaba lleno de
tiburones de color blanco. El pobre estaba muy solo porque nadie se acercaba porque les daban miedo los
tiburones y su aspecto.
Un día empezó a llover, las gotas eran de colores. El señor del
castillo salió al patio y a medida que le caían las gotas amarillas, su piel se volvía cada vez más verdosa y su tamaño se hacía más pequeño.
Con el agua, también los
tiburones cambiaron su color y su forma. Se convirtieron en bonitos peces de colores. El foso parecía ahora un gran acuario.
Los habitantes de la ciudad al ver el cambio que se produjo se acercaron hasta el
castillo y a partir de entonces todos convivieron juntos.